Uno de esos pequeños tesoros con los que uno se encuentra de vez en cuando. Lo compré en el aeropuerto, en edición de bolsillo, porque me apetecía leer algo sobre China, y me ha encantado. Fastidia que sea tan corto, apenas 200 páginas, porque se lee de maravilla y uno se queda con ganas de otras 200. Con una prosa ligera, pinceladas de humor y un brutal transfondo, David Kidd nos describe lo que fueron los años del cambio al comunismo en el imperio milenario. Kidd vivió allí entre 1946 y 1950 empapándose de la vida y cultura Chinas y dando clases de Inglés.
Siempre tuve la esperanza –nos dice Kidd– de que algún académico joven y brillante se interesaría por nosotros y por nuestros amigos chinos antes de que fuera demasiado tarde, de que estuviéramos todos muertos y las maravillas que habíamos contemplado quedaran sepultadas en el olvido. Pero este joven no ha aparecido y, por lo que sé, soy el único cronista con material de primera mano sobre esos años extraordinarios que vieron el final de la vieja China y los comienzos de la nueva.
Lo más interesante es la perspectiva desde la vemos el momento. Kidd, casado con una hija de una familia aristocrática de Pekín, vive en primera persona la feroz transformación, que sufre todo el imperio, sublimada en los sentimientos de la familia Yu, que resignadamente se enfrenta al fin de su particular modo de vida.











